Qué hacer con estos pedazos, de Piedad Bonnett: cuando la vida empieza a mostrar sus grietas
En algunos momentos me he puesto a pensar qué haré cuando llegue a la edad que tienen mis padres o mis abuelas. Si seguiré llamando a las mismas personas, cuántos funerales de amigos habré tenido que atravesar, de qué viviré o con quién compartiré aquello que para entonces siga llamando vida.
También aparecen preguntas más pequeñas y, por eso mismo, quizá más inquietantes. ¿Seguiré viviendo en esta ciudad-caos que todos llaman Ciudad de México y yo todavía puedo llamar DF? ¿Podré caminar por mi cuenta? ¿Tendré buena memoria? ¿Necesitaré ayuda para hacer las cosas más cotidianas?
No tengo respuestas. Algunas noches esas preguntas incluso pueden convertirse en breves crisis de ansiedad. Pero, para mi buena o mala fortuna, casi siempre termina apareciendo un libro capaz de ofrecerme otra perspectiva sobre aquello que en ese momento ocupa mi cabeza.
Uno de ellos fue Qué hacer con estos pedazos, de Piedad Bonnett. Una novela que quizá no responda qué significa llegar a la vejez, pero sí plantea algo mucho más incómodo: ¿qué ocurre cuando llegamos hasta ahí y comenzamos a observar con mayor claridad todo aquello que fuimos dejando sin resolver?
¿De qué trata Qué hacer con estos pedazos?
En el centro de la novela está Emilia, una mujer de 64 años que trabaja como reportera y cuya profesión todavía la obliga a viajar. Está casada, tiene una hija adulta y forma parte de una familia en la que los años han ido transformando lentamente las relaciones entre padres, hermanos e hijos.
La historia comienza con algo aparentemente cotidiano: su esposo decide remodelar la cocina sin consultarle.
Podría parecer únicamente una discusión doméstica. Pero la cocina funciona casi como esa piedra capaz de golpear el lugar preciso de una estructura que llevaba mucho tiempo debilitándose.
A partir de ese momento, Emilia comienza a mirar su matrimonio de otra manera. Lo que parecía una discusión sobre una remodelación empieza a revelar problemas de comunicación, expectativas acumuladas y muchas pequeñas fracturas que habían terminado por convertirse en costumbre.
Quizá por eso una de las ideas iniciales de la novela resulta tan poderosa: a veces no necesitamos una enorme tragedia para descubrir que algo estaba roto. Basta con mover una pieza.
Cuando la costumbre empieza a parecerse demasiado a la resignación
Hay relaciones que no terminan mediante una discusión definitiva. No existe necesariamente una traición, una partida o una escena capaz de dividir la vida en un antes y un después. Algunas relaciones simplemente acumulan cosas.
Comentarios que no se respondieron. Decisiones tomadas sin consultar al otro. Enojos que parecían demasiado pequeños para iniciar una pelea. Rutinas que terminaron sustituyendo conversaciones. Y un día alguien cambia la cocina.
Lo interesante de Qué hacer con estos pedazos es que ese gesto obliga a Emilia a observar aquello que durante años había conseguido mantener en segundo plano.
Su matrimonio sigue ahí. Pero eso no significa que siga siendo exactamente el mismo. Y entonces aparece una de las preguntas que más me interesan del libro: ¿en qué momento dejamos de distinguir entre construir una vida juntos y simplemente acostumbrarnos a compartirla?
Los roles que una familia aprende a repetir
El matrimonio no es la única estructura que Emilia empieza a observar.
También está su familia.
Tiene una hermana que, aunque tuvo posibilidades de construir una vida profesional propia, terminó dedicando buena parte de sus años al cuidado de la madre mientras avanzaba el alzhéimer.
Después ocurre algo parecido con el padre.
Él ha sufrido un accidente cerebrovascular y nuevamente la hermana ocupa el lugar de quien cuida, de quien permanece, de quien reorganiza su propia vida alrededor de las necesidades de otro.
Y ahí aparece algo que me parece fundamental dentro de la novela: las familias también reparten papeles. Está quien cuida. Quien se marcha. Quien parece poder hacerlo todo. Quien carga con la culpa. Quien llama. Quien no llama. Quien siempre tiene una razón para no estar.
Y muchas veces esos roles comienzan en la infancia y continúan funcionando décadas después, aunque nadie recuerde exactamente cuándo fueron asignados.
Lee ahora: 7 libros sobre aquello que heredamos de nuestra familia
Porque quizá una de las herencias más difíciles de reconocer no esté en los objetos o en el dinero, sino en el papel que aprendimos a ocupar dentro de nuestra propia casa.
Los roles que heredamos dentro de una familia
El hermano que cada vez está más lejos
Emilia también observa la relación con su hermano.
Ese hombre que en algún momento fue un arquitecto cercano y que, conforme su carrera fue creciendo, comenzó también a ocupar un lugar cada vez más distante dentro de la familia.
Las visitas disminuyen. Los espacios entre encuentros aumentan. Y después de la muerte de la madre esa distancia parece todavía mayor.
Esto también forma parte de crecer dentro de una familia. Los hermanos pueden compartir infancia, padres, casa, reglas y recuerdos. Pero llega un momento en que cada uno comienza a construir una vida independiente y aquello que parecía inseparable empieza a necesitar esfuerzo para mantenerse unido.
Ya no basta con vivir en las mismas habitaciones. Hay que llamar. Viajar. Visitar. Preguntar. Estar. Y no todos lo hacemos de la misma manera.
Mirar a nuestros padres cuando empiezan a envejecer
Hay un momento extraño en la vida adulta en el que nuestra posición dentro de la familia empieza a modificarse.
Durante muchos años nuestros padres son quienes saben. Quienes conducen. Quienes resuelven. Quienes nos cuidan cuando estamos enfermos y conocen cosas del mundo que nosotros apenas comenzamos a descubrir.
Hasta que un día algo cambia. Los vemos enfermar. Olvidar. Necesitar ayuda.
El padre de Emilia está delicado de salud y la enfermedad obliga a los hermanos a reorganizarse alrededor de él. Ya no observan solamente al padre que los educó —con sus ideas, sus contradicciones y también el machismo bajo el que crecieron—, sino a un hombre envejecido que ahora necesita ser cuidado.
Ese desplazamiento puede ser brutal. Porque quizá una parte de crecer consista también en entender que nuestros padres no permanecerán para siempre en el lugar desde el que los conocimos.
Lee ahora: ¿Cuándo dejamos de conocer a nuestros padres?
Y entonces empezamos a mirarlos de otra manera: ya no únicamente como padre o madre, sino como personas que también envejecieron, se equivocaron, tuvieron miedo y construyeron su propia versión de una vida.
Escucha otra conversación
Esta pregunta también aparece en el capítulo 2 de Sobre los márgenes: ¿Cuándo dejamos de conocer a nuestros padres?
Ahí hablamos de los momentos en los que comenzamos a mirar hacia atrás y descubrimos que nuestros padres tuvieron una vida antes de nosotros, que existen zonas de su historia que desconocemos y que nuestra relación con ellos también cambia mientras envejecemos.
La hija que ahora vive lejos
Pero Emilia no solamente ocupa el lugar de hija. También es madre. Y probablemente ahí se encuentre una de las grietas más dolorosas del libro.
Su hija creció. Dejó de ser aquella niña alrededor de la cual se organizaba buena parte de la vida doméstica, atravesó la adolescencia y terminó convertida en una adulta que vive lejos.
Entre ambas apareció un abismo. Emilia ya no sabe exactamente cómo cruzarlo. Y esto crea una especie de espejo dentro de la novela.
Mientras observa cómo su padre envejece, también tiene que aceptar que su propia hija ha construido una vida fuera de ella. Es hija y madre al mismo tiempo. Cuida y necesita ser cuidada.
Busca comprender a quienes estuvieron antes mientras intenta descubrir en qué momento dejó de comprender completamente a quien vino después.
Quizá ésa sea una de las cosas más difíciles de aceptar dentro de una familia: las personas que amamos también pueden crecer en direcciones en las que nosotros dejamos de ser el centro.
¿Qué hacemos con aquello que no resolvimos?
El título de la novela empieza entonces a adquirir otra dimensión. ¿Qué hacemos con estos pedazos?
Con un matrimonio que ha acumulado silencios. Con los hermanos que tomaron caminos distintos. Con unos padres que envejecen. Con una hija que se alejó. Con las decisiones profesionales que tomamos. Con aquello a lo que renunciamos. Con la persona que imaginábamos ser y aquella en la que finalmente nos convertimos.
En algún momento podemos descubrir que la vida no llegó completa hasta nosotros. Llegó hecha de fragmentos. Y quizá sea imposible reconstruirlos todos.
Envejecer también significa mirar hacia atrás
Esto fue lo que más se quedó conmigo después de leer a Piedad Bonnett. Al comienzo yo buscaba respuestas sobre la vejez. Quería saber cómo sería llegar a cierta edad, cómo cambiarían mis relaciones, mi cuerpo, mi trabajo, mi familia o mi manera de mirar el mundo.
El libro no respondió ninguna de esas preguntas. Por suerte. Porque quizá las respuestas todavía no existen. Lo que sí consiguió fue cambiar ligeramente la pregunta.
Ya no se trata únicamente de: ¿cómo quiero llegar a esa edad? También tendría que preguntarme: ¿cómo quiero construir el camino que me lleve hasta ahí?
Porque probablemente la vejez no comience cuando aparece la primera cana, cuando necesitamos lentes o cuando nuestros cuerpos dejan de responder como antes.
Tal vez comienza mucho antes. En todas las decisiones que poco a poco van construyendo a la persona que algún día tendrá que mirar hacia atrás.
¿Vale la pena leer Qué hacer con estos pedazos?
Sí, especialmente si te interesan las novelas que observan los conflictos familiares desde aquello aparentemente cotidiano.
No estamos ante una historia construida alrededor de grandes acontecimientos. Su fuerza está en algo más reconocible: las rutinas, los resentimientos acumulados, los roles familiares, el cuidado, la distancia entre padres e hijos y las relaciones que cambian con el paso de los años.
También puede ser una lectura especialmente cercana para quienes han comenzado a preguntarse por el envejecimiento de sus padres o por su propio lugar dentro de una familia.
No necesariamente porque vaya a ofrecer respuestas. Sino porque puede acompañarnos mientras formulamos mejor las preguntas.
Qué hacer con estos pedazos: en pocas palabras
Qué hacer con estos pedazos, de Piedad Bonnett, es una novela sobre una mujer de 64 años que comienza a observar las fracturas acumuladas en su matrimonio y en su familia.
A través de Emilia aparecen temas como el envejecimiento, las relaciones entre hermanos, el cuidado de los padres, el machismo dentro de la familia, la distancia entre madres e hijas y la pregunta por aquello que hacemos con la vida que hemos construido.
Más que una novela sobre la vejez, puede leerse como una historia sobre todo aquello que llevamos con nosotros mientras envejecemos.
Preguntas frecuentes sobre Qué hacer con estos pedazos
¿De qué trata Qué hacer con estos pedazos?
La novela sigue a Emilia, una mujer de 64 años que comienza a revisar las fracturas de su matrimonio y las relaciones con su familia después de que una remodelación doméstica altera el equilibrio cotidiano de su casa.
¿Cuáles son los temas principales de la novela?
Entre sus temas aparecen la vejez, el matrimonio, los problemas de comunicación, los roles familiares, el cuidado de los padres, la relación entre hermanos y la distancia entre madres e hijos adultos.
¿Qué tipo de libro es Qué hacer con estos pedazos?
Es una novela centrada especialmente en las relaciones familiares y en los conflictos íntimos que pueden acumularse durante los años.
¿Por qué leer Qué hacer con estos pedazos?
Porque utiliza situaciones reconocibles de la vida familiar para preguntarse qué ocurre con nuestras relaciones, decisiones y expectativas conforme envejecemos.
Si quieres leer Qué hacer con estos pedazos
Este contenido puede incluir enlaces de afiliados. Si compras a través de ellos, Daniel Lávida puede recibir una comisión sin costo adicional para ti.

Qué hacer con estos pedazos | Piedad Bonnett
Colección: Literatura Hispánica
Páginas: 168
Tipo de encuadernación: Tapa blanda con solapa
Fecha de publicación: 11-05-2023
Editorial: ALFAGUARA
Referencia: 9786073832038
Sigue por este margen
7 libros sobre aquello que heredamos de nuestra familia →
Para continuar con historias sobre roles, silencios, ausencias y patrones que pueden pasar de una generación a otra.
¿Cuándo dejamos de conocer a nuestros padres? →
Para seguir pensando en aquello que cambia cuando comenzamos a mirar a nuestros padres desde la vida adulta.
Los roles que heredamos dentro de una familia]
¿Por qué repetimos patrones familiares aunque intentemos evitarlos?]
Tal vez Qué hacer con estos pedazos no tenga una respuesta para todas las preguntas que aparecen cuando imaginamos nuestra propia vejez.
Pero sí me dejó una idea.
Al final quizá no se trate únicamente de llegar hasta ahí y descubrir si somos felices.
También importa la plenitud con la que fuimos construyendo el camino.
