Frases de Umbilical de Andrés Neuman sobre paternidad, infancia y memoria

Frases de Umbilical, de Andrés Neuman, sobre paternidad, infancia y memoria

Hay frases que funcionan porque podemos extraerlas de un libro y reconocer algo inmediatamente. Otras crecen cuando conocemos la historia que existe alrededor de ellas, porque una sola línea puede guardar una conversación mucho más amplia sobre aquello que un personaje, un narrador o incluso nosotros mismos estamos intentando comprender.

En Umbilical, de Andrés Neuman, muchas de esas frases aparecen mientras un hombre intenta entender algo para lo que probablemente nadie está completamente preparado: qué significa empezar a convertirse en padre. Primero está la espera, la ecografía, el miedo y la imaginación de alguien que todavía no ha nacido; después llega el hijo y todo comienza a cambiar.

Ya escribí sobre esa transformación en mi reseña de Umbilical. Pero hay dos ideas del libro a las que vale la pena regresar por separado porque terminan hablando no sólo de los hijos, sino también de los padres que alguna vez fueron jóvenes y de las personas en las que nosotros mismos podemos convertirnos con el tiempo.

Lee ahora: Umbilical, de Andrés Neuman: el miedo, la ternura y el aprendizaje de convertirse en padre

“Y nos hacemos cada vez más infancia, dos tiempos que se acercan lentamente”

Hay algo especialmente hermoso en pensar la relación entre padres e hijos como dos movimientos que avanzan en direcciones distintas. El hijo comienza dependiendo casi completamente de otros: necesita que alguien lo cargue, lo alimente, lo proteja y aprenda a interpretar aquello que todavía no puede expresar mediante palabras.

Después empieza a caminar hacia la autonomía. Aprende a sostenerse, sentarse, comer, hablar, tomar decisiones y alejarse poco a poco de quienes durante los primeros años tenían que resolver casi todo por él. Su movimiento parece dirigirse hacia una independencia cada vez mayor.

El padre, mientras tanto, también avanza. Sin embargo, el paso de los años puede conducirlo hacia otra etapa, una en la que el cuerpo cambia y determinadas acciones dejan de ser tan sencillas como antes. Quizá llegue un momento en que necesite ayuda para caminar, trasladarse, recordar algo o realizar tareas que durante décadas hizo sin pensarlo demasiado.

Es entonces cuando esas dos trayectorias pueden empezar a acercarse. No porque la vejez sea simplemente una nueva infancia, sino porque la relación con la dependencia cambia de dirección y aquello que alguna vez hicieron nuestros padres por nosotros puede comenzar, lentamente, a invertirse.

Crecer no significa avanzar siempre en la misma dirección

Estamos acostumbrados a imaginar la vida como una línea ascendente. Primero aprendemos y después dominamos; acumulamos conocimientos, experiencias y autonomía hasta convertirnos en personas capaces de resolver por nuestra cuenta aquello que durante la infancia necesitábamos que alguien más hiciera por nosotros.

Pero el cuerpo cuenta una historia menos ordenada. Existe un momento en el que aprendemos a caminar y otro en el que caminar puede comenzar a costarnos más; uno en el que descubrimos las palabras y quizá otro en el que algunos nombres empiezan a tardar un poco más en aparecer.

También existe una etapa en la que nuestros padres nos cargan, nos acompañan a una consulta o resuelven nuestros trámites. Con los años, esas pequeñas acciones pueden cambiar de dirección y ser nosotros quienes tengamos que acompañarlos, explicarles algo o convertirnos temporalmente en la persona que resuelve.

La imagen de Neuman permite observar precisamente ese desplazamiento. Padres e hijos no permanecen congelados en los lugares desde los que alguna vez se conocieron, porque ambos continúan transformándose incluso cuando la estructura familiar parece mantenerse igual.

Un día dejamos de ser quienes necesitan cuidados

Durante buena parte de nuestra infancia, nuestros padres parecen ocupar un sitio relativamente estable. Ellos saben cómo llegar a un lugar, conducen, compran lo necesario, responden preguntas y toman muchas de las decisiones que nosotros todavía somos incapaces de asumir.

Hasta que algo empieza a moverse. Quizá la primera señal sea pequeña: una llamada para explicar cómo funciona una aplicación, acompañarlos a una cita médica, ayudarlos con un trámite o recordarles algún dato que antes habrían resuelto sin nosotros.

Después pueden aparecer situaciones mayores y descubrimos que la relación ya no tiene exactamente la misma forma que durante nuestra infancia. Seguimos siendo hijos, pero comenzamos a ocupar responsabilidades que antes parecían pertenecer exclusivamente a quienes nos cuidaban.

Lee ahora: ¿Cuándo dejamos de conocer a nuestros padres?

Conocer a nuestros padres también puede implicar aceptar que la versión más poderosa que conservamos de ellos pertenece a un momento determinado. Ellos también continúan cambiando, envejeciendo y aprendiendo a habitar una etapa que nosotros apenas empezamos a observar desde afuera.

Los padres que conocimos también fueron principiantes

Hay otra consecuencia interesante de leer Umbilical: podemos imaginar por primera vez a nuestros propios padres antes de que supieran cómo ser nuestros padres. La idea parece evidente, pero rara vez pensamos realmente en aquella versión de ellos que todavía no tenía experiencia criando a la persona en la que nosotros terminaríamos convirtiéndonos.

Cuando nacimos, ellos tampoco llevaban veinte años practicando cómo educarnos. Tenían dudas, expectativas, miedos y seguramente muchas ideas heredadas de las familias donde habían crecido. Algunas les sirvieron; otras probablemente terminaron reproduciéndolas sin saber exactamente de dónde venían.

También tuvieron que improvisar. A veces acertaron y otras veces no. Por eso regresar a la paternidad desde la mirada de Neuman puede modificar ligeramente la pregunta que hacemos sobre nuestra propia familia: no sólo por qué nuestros padres hicieron algo, sino qué sabían realmente cuando tuvieron que decidirlo.

El hijo también transforma a quien lo observa

En Umbilical, el nacimiento no representa únicamente la llegada de una persona. También modifica la mirada de quien ya estaba ahí, porque la casa, los horarios, el miedo y la percepción del peligro empiezan a reorganizarse alrededor de alguien que necesita cuidados constantes.

Objetos que antes parecían completamente normales adquieren otro significado. Una esquina, una escalera, un enchufe o una mesa pueden convertirse en amenazas cuando se observan desde la posibilidad de que alguien pequeño llegue hasta ellos sin entender todavía el riesgo que representan.

La paternidad del libro no aparece entonces como un estado que alguien alcanza de una sola vez. Se parece más a un proceso de aprendizaje donde el padre también está creciendo, sólo que no lo hace en la misma dirección que su hijo ni con las mismas herramientas.

“Tomo tantas fotos no para que recuerdes, hijo: para que me recuerdes”

Esta segunda frase cambia completamente la dirección desde la que solemos mirar una fotografía familiar. Normalmente pensamos que fotografiamos a los niños para guardar su infancia y permitir que algún día puedan observar cómo eran, dónde estuvieron y quiénes formaban parte de aquellos primeros años.

Neuman introduce otra posibilidad: el adulto también desea permanecer dentro de esa memoria futura. La fotografía deja de registrar únicamente a quien aparece frente a la cámara y empieza a guardar también la presencia de quien decidió que aquel instante merecía conservarse.

En ese sentido, una imagen puede decir algo más que “así eras tú”. También puede contener otra afirmación menos visible: “yo estaba aquí contigo, te miraba de esta manera y esto era lo que éramos cuando todavía no podías recordarlo por ti mismo”.

Los álbumes familiares también hablan de quienes tomaron la fotografía

Hay algo curioso en los álbumes de nuestra infancia. Podemos vernos a nosotros mismos durante cumpleaños, viajes, reuniones y días aparentemente cotidianos, pero muchas veces la persona que tomó la fotografía no aparece en ninguna parte de la imagen.

Sabemos, sin embargo, que estuvo ahí. Alguien sostuvo la cámara, decidió que el momento debía conservarse y pidió que miráramos hacia cierto lugar, sonriéramos o permaneciéramos quietos durante unos segundos para crear una imagen que probablemente veríamos años después.

Con el tiempo, esa presencia invisible puede empezar a importar tanto como la persona fotografiada. El álbum deja de ser únicamente un archivo de nuestra infancia y se convierte también en una colección de rastros de quienes estuvieron mirando mientras nosotros todavía no podíamos comprender la importancia de aquel momento.

Nuestros primeros recuerdos pertenecen a otras personas

Existe una parte fundamental de nuestra propia vida a la que nunca podremos acceder mediante recuerdos personales. No recordamos nuestra primera ecografía, el nacimiento ni buena parte de los primeros meses; incluso muchas escenas de los primeros años existen más como narraciones familiares que como experiencias recuperadas directamente.

Sabemos que algo ocurrió porque alguien nos lo contó, porque existe una fotografía, un video o una anécdota que ha sido repetida tantas veces durante las comidas familiares que terminó incorporándose a la historia que contamos sobre nosotros mismos.

Esto significa que una parte de nuestra memoria comenzó siendo propiedad de otras personas. Nuestros padres, abuelos, hermanos o familiares guardaron recuerdos de nosotros antes de que pudiéramos construir los propios y, poco a poco, nos los fueron entregando mediante relatos e imágenes.

¿Recordamos nuestra infancia o recordamos lo que nos contaron?

Cuando pensamos en ciertos acontecimientos de la infancia, puede resultar difícil distinguir qué parte corresponde realmente a nuestra memoria y qué parte se construyó después. Tal vez recordemos una fiesta, pero también puede ser que recordemos haber visto durante años la misma fotografía de aquella fiesta.

Algo parecido ocurre con las historias familiares. Podemos estar seguros de recordar una frase de nuestro abuelo y descubrir que lo que realmente conservamos es la versión que nuestra madre repitió durante años sobre aquello que él había dicho en determinado momento.

Memoria y relato terminan mezclándose hasta formar una versión difícil de separar. Por eso los álbumes, las anécdotas y las conversaciones familiares no sólo conservan el pasado: también participan activamente en la manera en que una familia decide contarlo.

Lee ahora: ¿Podemos confiar en nuestros recuerdos? Memoria y verdad en la literatura

Fotografiar también puede ser una forma de miedo

Guardamos momentos porque sabemos que van a cambiar. El niño que está frente a la cámara no volverá a tener exactamente esa edad, aquella casa puede transformarse y las personas que aparecen juntas quizá dentro de algunos años vivan en ciudades distintas o hayan tomado caminos que entonces resultaban imposibles de imaginar.

Por eso fotografiar puede ser también una reacción contra el paso del tiempo. No porque pensemos realmente que una imagen puede detenerlo, sino porque sabemos perfectamente que no podemos hacerlo y buscamos conservar alguna prueba de aquello que estuvo frente a nosotros durante un instante.

Quizá por eso acumulamos tantas fotografías de quienes amamos. Cada imagen contiene una pequeña decisión contra el olvido y una forma de reconocer que aquello que hoy parece cotidiano terminará convirtiéndose, tarde o temprano, en algo que tendremos que recordar.

Umbilical también es un libro sobre memoria

A primera vista, Umbilical puede parecer fundamentalmente un libro sobre paternidad, y en gran medida lo es. Sin embargo, debajo de esa experiencia aparece constantemente otra preocupación: qué quedará de todo aquello que el hijo todavía es demasiado pequeño para recordar.

El niño crecerá, construirá recuerdos propios y probablemente olvidará buena parte de esos primeros años. El padre también cambiará, de manera que la escritura comienza a cumplir una función parecida a la de las fotografías: conservar una experiencia antes de que el tiempo termine modificándola.

Neuman escribe momentos que probablemente su hijo nunca podrá recuperar directamente. Al hacerlo crea un archivo extraño y profundamente íntimo, no exactamente de cómo fue aquella infancia, sino de cómo alguien más vivió y observó la infancia de otra persona.

De Umbilical a Pequeño hablante

Esta conversación continúa de forma especialmente natural en Pequeño hablante. Si Umbilical está marcado por la espera, el nacimiento y los primeros meses, el siguiente libro permite observar una transformación distinta: la aparición del lenguaje y la manera en que un hijo comienza a construir su propia relación con el mundo.

Los balbuceos empiezan a convertirse en palabras, el presente poco a poco adquiere pasado y el niño puede nombrar aquello que antes sólo comunicaba mediante el cuerpo, el llanto o la mirada. Con cada palabra también aparece una nueva forma de autonomía.

En mis textos anteriores sobre Neuman ya aparece este puente entre ambos libros: Pequeño hablante continúa la paternidad que comenzó en Umbilical, pero ahora la observa desde las primeras palabras, el desarrollo del niño y la capacidad del lenguaje para transformar la relación entre ambos.

Pronto: Pequeño hablante, de Andrés Neuman

Quizá los hijos también nos enseñen a recordar

Hay una contradicción curiosa en tener cerca a un niño. Para él casi todo puede ser nuevo: una palabra, un animal, un sabor, un lugar o una experiencia que nosotros hemos repetido tantas veces que prácticamente dejamos de observarla.

Algo que para un adulto forma parte del paisaje puede convertirse nuevamente en acontecimiento cuando alguien lo está descubriendo por primera vez. Acompañar ese descubrimiento también puede obligarnos a mirar con una atención que durante los años habíamos ido perdiendo.

Quizá ahí exista otra forma de esa infancia que se acerca. No significa regresar literalmente a ser niños, sino recuperar durante algunos momentos una disposición distinta hacia el mundo y recordar que muchas de las cosas que hoy nos parecen normales alguna vez fueron completamente nuevas.

Qué nos dicen estas frases de Umbilical

Las dos frases parecen hablar de asuntos diferentes, pero terminan encontrándose en una preocupación común por aquello que el tiempo modifica. Una observa cómo padre e hijo recorren etapas distintas de la vida; la otra piensa en las fotografías y en el deseo de permanecer dentro de la memoria futura de alguien.

En ambas existe la conciencia de que ninguna relación permanece inmóvil. El hijo crecerá, el padre envejecerá, los cuidados cambiarán de dirección y muchos acontecimientos que hoy parecen cotidianos terminarán convertidos en historias familiares.

Quizá por eso Umbilical no habla únicamente del nacimiento de un hijo. También puede leerse como un libro sobre el nacimiento de una memoria compartida, construida por dos personas que algún día recordarán de maneras completamente distintas aquello que están viviendo juntas.

Frases de Umbilical: ideas para quedarse

Las frases de Umbilical permiten pensar que padres e hijos crecen simultáneamente aunque no en la misma dirección y que la dependencia puede cambiar de lugar conforme pasan los años. También recuerdan que nuestros padres tuvieron que aprender a ocupar ese lugar antes de convertirse en las figuras que nosotros conocemos.

El libro propone además que fotografiar una infancia puede ser una manera de querer permanecer dentro de ella y que buena parte de nuestros primeros recuerdos llega a nosotros mediante otras personas. La paternidad transforma entonces tanto a quien llega como a quien lo esperaba antes de poder conocerlo.

Finalmente, Neuman convierte la infancia en una oportunidad para observar nuevamente aquello que creíamos conocido. Crecer puede significar aprender muchas cosas, pero también recuperar durante algunos momentos la capacidad de mirar el mundo como si todavía pudiera sorprendernos.

Preguntas frecuentes sobre las frases de Umbilical

¿De qué habla Umbilical, de Andrés Neuman?

Umbilical explora la experiencia de convertirse en padre desde el embarazo y la espera hasta el nacimiento y los primeros meses del hijo. La paternidad aparece acompañada por miedo, ternura, lenguaje, memoria y por todas las transformaciones que provoca la llegada de otra persona a la vida cotidiana.

¿Qué significa “dos tiempos que se acercan lentamente” en Umbilical?

La frase puede leerse como una imagen del movimiento entre generaciones. Mientras el hijo crece hacia una mayor autonomía, el padre también envejece y se acerca lentamente a una etapa en la que algunas formas de dependencia pueden regresar y cambiar la dirección de los cuidados.

¿Por qué son importantes las fotografías en Umbilical?

Las fotografías funcionan como una manera de conservar momentos de la infancia que el hijo probablemente no recordará directamente. Al mismo tiempo, también permiten que el padre deje rastros de su propia presencia dentro de una memoria futura que será reconstruida mediante imágenes, historias y recuerdos compartidos.

¿Qué leer después de Umbilical?

La continuación más natural es Pequeño hablante, también de Andrés Neuman. Allí la relación entre padre e hijo avanza hacia las primeras palabras, el desarrollo del lenguaje y una nueva etapa donde el niño empieza a nombrar por sí mismo aquello que antes otros tenían que interpretar.

Pronto: reseña de Pequeño hablante

Escucha otra conversación

En el capítulo 2 de Sobre los márgenes — ¿Cuándo dejamos de conocer a nuestros padres? hablamos de aquello que cambia cuando comenzamos a mirar a nuestros padres desde la vida adulta y descubrimos que existe una parte de su historia que nunca conocimos directamente.

Umbilical permite realizar el movimiento contrario: imaginarlos antes de que nosotros pudiéramos conocerlos. Alguna vez también fueron personas intentando comprender qué significaba tener un hijo, qué podían ofrecerle y de qué manera aquella llegada terminaría transformándolos.

Sigue por este margen

Puedes continuar con Umbilical, de Andrés Neuman: reseña completa, donde profundizo en la espera, el nacimiento, los miedos y la transformación del padre. También puedes ir a ¿Cuándo dejamos de conocer a nuestros padres?, para mirar la misma relación desde el lugar de los hijos que ya crecieron.

Otra ruta posible es Qué hacer con estos pedazos, de Piedad Bonnett, donde la familia aparece desde el extremo contrario: después de décadas de relaciones, decisiones y fracturas acumuladas. Más adelante este recorrido continuará con Pequeño hablante y con un futuro artículo dedicado a libros sobre paternidad.

Pronto: Pequeño hablante, de Andrés Neuman
Pronto: Libros sobre paternidad y convertirse en padre

Quizá algún día entendamos que nuestros padres también tuvieron miedo, improvisaron y guardaron fotografías porque sabían que nosotros cambiaríamos. Tal vez esas imágenes también existan porque intuían, aunque no quisieran pensarlo demasiado, que ellos tampoco permanecerían exactamente iguales.

Mientras tanto quedan algunas fotografías, historias y frases que intentan conservar algo de aquello que ocurrió. Y quedan también esos dos tiempos de los que escribe Neuman: la infancia que avanza hacia el mundo y la vida adulta que, lentamente, vuelve a acercarse a ciertas formas de dependencia y memoria.